Esta noche sería una noche perfecta para hablar del Lobo, de lo vomitivo que me resulta este mundo, del odio que impera dentro y fuera de mi , de la falta de inspiración, del amor que apuñalé aquella tarde, de la falta de artistas, de la falta de libertad y los engaños de la clase dominante. Es más, pienso que casi cada crepúsculo nos llama a ello. La felicidad parece más relacionada con las bulliciosas mañanas en las que todo se pierde entre ruido de sirenas y demás inhibidores de razón.
Pero hoy lo siento dama negra , hoy me limitaré a describir uno de esos momentos en los que todo a tu alrededor parece tener sentido , uno de esos instantes fugaces y efímeros en los que nos sentimos como ciegos que acaban de ser sanados por un milagro.
Era una noche más en unos días de los que nunca nos olvidaríamos, todo parecía ir bien , algunas diferencias normales e intrínsecas a la convivencia, sin embargo teníamos la sensación de que algo estaba faltando.
Ya habíamos dormido en una estación , habíamos viajado cientos de kilómetros, vivido aventuras, conocido a gente interesante, satisfecho nuestra sed de arte, mas de algo carecía aun ese viaje.
Después de todo un día caminando con el pie del tamaño de la cabeza de uno de esos tesoreros que esconden 22 millones en Suiza , llegamos al Camping y mis hermanos de viaje me obsequiaron con una pizza ( Así dicho parece un detalle superfluo , pero puedo asegurar que en las condiciones en las que estábamos ver llegar esa preciosa Margarita me cambió las perspectivas) Y así transcurría la cena hablando con un gringuito de los miles que habitaban aquel camping.
Y en ese instante una absurda conversación que por equivocación escuchamos de la mesa de delante provoco que reaccionáramos de manera airada y haciendo gala de un patriotismo lo suficientemente raro en mi como para que se pueda categorizar como milagro .
Sin profundizar mucho más en los detalles, que quizás desarrolle en un libro futuro, lo importante es que 15 minutos después nos encontrábamos tomando cervezas y vino dos de nosotros y cuatro mexicanos en la llamada plaza de Miguel Ángel , sobre Florencia iluminada e iluminado cada rincón con el tono anaranjado que desprende en las noches en las que alguien se lo merece.
Compartiendo vida y aquel maravilloso zumo de uva , que en condiciones normales probablemente ni nos hubiéramos atrevido a pedir , con la música de Maná y Café Tacuba saltando las lagrimas de algunos que tenían a alguien por quien derramarlas.
Todo ocurrió como en una novela de esas de la generación perdida, y tal como vino se fue , dejando en cada minuto que transcurrió un rastro de polvo de oro que nos guiará a aquella plaza en otra ocasión tarde o temprano , porqué si existe el destino ( que no lo creo ) más le vale provocarlo y si no existe , si nuestro camino lo elegimos nosotros , elegiré sin duda volver a verter en mi garganta en jugo de aquella noche de milagros y maravillas.
Por Florencia , por México , por la cerveza , el vino y la noche.
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